Todo comenzó como un juego, verdadero falso, verdad mentira, si o no, así se la pasaba el pequeño Arturo Kiem. Evaluaba cada palabra que le decían y daba su veredicto, era como una especie de juego mental que tenía consigo mismo, nunca lo comento con nadie, y para que, podría resultar algo embarazoso.

La adolescencia ya fue otra historia, poco a poco Arturo se empezaba a dar cuenta de que existían demasiadas coincidencias con las cosas que imaginaba, empezó a experimentar, y poco a poco se fue convenciendo. Arturo creía que podía saber cuando alguien mentía, desde niño jugaba a eso, pero ahora dejaba de ser un juego para convertirse casi en una obsesión por demostrarlo, y no era tan fácil como el creía. Es difícil para alguien comprobar que ha sido engañado o se le ha mentido, Arturo no era la excepción, tenía pocas oportunidades para corroborar si existía la fantástica habilidad, tenía que darle un veredicto a todo lo que la gente le decía, así cuanto encontrara que alguien le había mentido podría recordar si su veredicto había sido correcto en un principio. Era un trabajo tedioso y daba pocos frutos, tubo pocas oportunidades de corroborar sus juicios, y aunque algunas veces acertaba la mayoría no recordaba lo que había pensado en un principio.
Sin embargo, cada acierto lo obsesionaba más con la idea de que en realidad era especial, y aunque tenía miedo de obsesionarse demasiado la excitación por comprobarlo era más fuerte.

A Arturo le daba terror contárselo a cualquiera, tenía miedo de ser rechazado, de que no le creyeran, fantaseaba con decírselo a todos cuando ya lo supiera y estuviera seguro.

Poco a poco esta obsesión comenzó a afectar a Arturo, tenía 16 años y era introvertido y tímido, su personalidad reflejaba la inseguridad que sentía hacia sus adentro por saber la verdad sobre él, por saber si tenía o no el don, estaba mal y lo sabía, tenia que comprobarlo o se iba a volver loco, ¿pero como?, ¿cómo si no le quería decir a nadie?.

La situación toco fondo cuando sus amigos del colegio comenzaron a salir con otras niñas y comenzaron las fiestas y todas las cosas que se empiezan a vivir en la adolescencia, a Arturo lo miraban como alguien raro sus compañeros del colegio, y cuando las niñas comenzaron a hacer lo mismo, él no aguanto más. Tenía un hermano menor, de 13 años, y decidió que el era el único en quien podía confiar, le propuso hacer un juego a modo de apuesta. Maxé, su hermano, ponía una moneda en una mano sin que nadie lo viera y después decía “la moneda esta en mi mano derecha”, Arturo le dijo a su hermano que lo haría 10 veces y que si el adivinaba en que mano estaba la moneda al menos nueve veces Maxé debería darle el dinero de su almuerzo de toda la semana, sino sería el quien tendría que pagar con su dinero del almuerzo, Maxé acepto, era un juego muy fácil de ganar. Arturo estaba muerto de miedo, nunca antes había enfrentado un experimento tan revelador, lo había pensado, pero aunque deseaba en el fondo saber si tenía el don, le horrorizaba la idea de comprobar que no lo tenía y ser solo un muchacho tímido e introvertido, ya no había vuelta atrás. Maxé puso sus dos manos en la espalda y después las extendió hacia el frente con los puños cerrados
- La moneda esta en la mano derecha – generalmente Arturo creía tener una sensación extraña cuando alguien mentía, pero ahora estaba demasiado nervioso y excitado para saber si la había sentido o no al escuchar las palabras de su hermano.
- Falso – respondió Arturo.
Su hermano abrió la mano derecha y allí estaba la moneda, Arturo se quedó callado y bajo la cabeza, había fallado, todo lo que había pensado se venía abajo en tan solo un instante, sus ojos se empezaron a encharcar, pero la vos de su hermano lo contuvo.
- Ya no puedes fallar ninguna más, jajaja – trato de calmarse, aún tenia oportunidad de comprobarlo, solo debía estar concentrado para identificar esa extraña sensación que creía tener.
Ser repitió el proceso, - la moneda esta en la mano derecha – no sintió nada, esto podía significar que decía la verdad o que en realidad todo era producto de su imaginación, - Verdadero – dijo con una vos casi inaudible, su hermano abrió la mano derecha y la moneda se encontraba allí.
– otra ves – dijo Arturo ansioso, podría haber sido una simple coincidencia, su mirada estaba llena de determinación y ansiedad, Maxé se empezaba a poner nervioso al ver que su hermano se lo tomaba tan enserió.
- La moneda está en la mano derecha -
- Falso – y acertó.
- otra ves – dijo Arturo respirando cada ves más fuerte
- La moneda está en la mano derecha -
- ¡falso! – acertó de nuevo, y una sonrisa se empezó a dibujar en su rostro.
- ¡Verdadero! – correcto una ves más. Jugaron 33 veces más hasta que Maxé acuso a su hermano de tramposo y se fue a su habitación muy disgustado. Para Arturo ese día fue su segundo nacimiento.

Con el juego de las monedas y otra cantidad de juegos derivados, Arturo ganó almuerzos, cervezas y muchas otras cosas, su personalidad tímida se convirtió en una personalidad arrolladora y llena de confianza, podía descubrir los secretos de la gente con relativa facilidad, podía manipular, experimentaba todos los días y poco a poco fue optimizando sus técnicas, para ser más discreto y no levantar sospechas, sabía que podía llegar muy lejos. Sus fantasías de contárselo a todos y alardear se quedaron solo en eso, en fantasías, ya que la sensatez lo obligó a seguir guardando el secreto y obtener un mayor provecho.
- Mi abuela enfermo y no puedo salir contigo Arturo -
- Falso -
- Te pensaba pagar hoy pero, no me han dado mi mesada -
- Falso -
- olvide mi billetera -
- Falso -
Así vivía Arturo, al tanto de todo lo que sucedía a su alrededor, le gustaba fingir ser engañado, disfrutaba de tener el control de una situación y resolverla a su antojo. La universidad le ofreció una gama infinita de posibilidades para probar su don y sacarle el mayor provecho.

Decidió que estudiaría derecho, ¿que mejor profesión para él?. Su meta era ser el mejor abogado y ganar mucho dinero, en las historietas solo veía como los superhéroes ayudaban o destruían a la humanidad con sus poderes, que patéticas causas pensaba, el solo quería dinero y comodidad, algo de poder y reconocimiento, ya lo veía venir.