La siguiente obra abarca conceptos infundables, sicointuitivos y evanecientes al compás de las hojas y de un llanto eterno que mira desde la esquina de la historia naciente.
Para su completa comprensión el lector deberá sumergirse en el sueño casi convexo de su propia inspiración, junto con la aflorada suplica del que ve pero no entiende. Antes de dar por empezado el primer párrafo cabe también aclarar que los elementos y conceptos que su sinfónico proceder abarca es producto de la total comprensión racional de los sueños del ininfundable paraíso del autor.

Prologo:

En honor y remembranzas a la leyenda del abismo, el sol y los santos oleos, más conocida como la leyenda de la trágica compañía escrita por Carlos Andrés Saavedra.

I

En el cielo gris a la tenue luz de una moribunda vela se vio la figura inconfundible del que nadie había oído hablar, venía arrastrándose bajo la pesada carga que en su espalda llevaba, estaba envuelta en una manta color vinotinto y nadie sabía de que se trataba...

Antagónico...

- Vienen suspiros de historia de muertos y de almas tortuosas de caminar pesado. Vienen a los sueños y a las almas de los hombre, los obligan a doblar sus espaldas sin caminar erguidos, los obligan a llevar a cuestas la pesada carga de la que me he vuelto esclavo –

Hablo con la cabeza abajo y la mirada arriba, su vos estaba llena de suplica y rabia, de odio y resentimiento.

Gemía y asesaba como un gran toro, con impotencia, con desesperación, como si el universo abandonara este mundo.

- Que traes ahí viajero – le decían los que allí se encontraban, - penas sufrimos con gran injusticia pero sin duda las tuyas nos parten de nuevo el alma como si en verdad fuera posible seguirla fraccionando –

Se puso de pie, con gran esfuerzo dejando su carga a un lado, yacía en suelo, casi redonda, casi ovalada, con imperfecciones prominentes que se dejaban ver a través de la tela.

- Quieren verla – dijo mientras se reía a carcajadas como malévolamente recorriéndolos a todos con sus desorbitados ojos. – ¿Están seguros? –

II

Los truenos sonaban alrededor y la lluvia empezó a caer ferozmente, se acerco al inerte objeto y de un jalón quito la manta mientras de su voz salía un desgarrador grito que intento infundir lastima a los que ya no podían sentirla.
Bajo la luz del voraz trueno se vio su gris figura, todos agacharon la cabeza sin atreverse a mirar al que ahora yacía de rodillas en el suelo.

- es una rara carga la que llevas, y sufres como pocos han sufrido en este lugar, llegas con tristeza y desolación en donde ya no cabe más, en donde los corazones no existen tus lamentos nos afligen – Así hablo, haciéndole comprender que no era bienvenido y que debía marcharse.

Volvió a cubrir la inmensa roca con la manta cubierta de sangre, y con un indescriptible esfuerzo acompañado de gritos y llanto la posó de nuevo en su espalda. Sin rumbo fijo. Sin un porque, caminaba y se caía levantándose una y otra ves sumido en su miseria. El tiempo no importaba y poco a poco se convirtió en tan solo una figura a lo lejos.

- de todos los males el peor y de todos los dolores el mayor – repitió el anciano mientras los demás se alejaban con el cantando.

Morir sin haber amado...

III

Asomado en el abismo se levanto aterrorizado, se levanto respiro profundo con los ojos cerrados mientras temblaba. No había marcha atrás, solo quedaba seguir al sol.
Así se alejo lentamente del abismo y aunque sus ojos no olvidaban lo que habían visto allí cada paso que daba se le hacía más difícil.

Carlos Andrés Saavedra